viernes, 11 de marzo de 2016

Unos meses desde entonces

A las nueve en punto telefoneó a la embajada. Le respondieron que no había habido novedades en la jornada anterior. Satisfecho, se preparó una taza de café. Tres cucharadas de azúcar después estaba sentado frente a la mesa en la que trabajaba hasta las dos. Luego comía las sobras de la noche anterior y leía los principales diarios internacionales. Lo hacía todo sobre la misma mesa. Ésta no era grande, más bien se diría que una optimizada superficie de caoba, documentos y cartas se desbordaba bajo sus manos. El suelo también se veía pequeño, ahogado por la densidad de muebles: una cómoda, tres sofás sin cojines, una mesita con un ajedrez de marfil, dos estanterías llenas de apretones de manos y destellos y tres mamparas para cambiarse de ropa. A las once sonó el timbre de la puerta. Abrió al cartero, que le entregó un fajo de cartas empapadas. Mientras el hombre se alejaba y atravesaba el jardín hasta la motocicleta, se quedó bajo el marco de la puerta sintiendo el viento frío y húmedo en los pulmones. De nuevo en el interior, abrió todas las cartas salvo una de su hermana que dejó en un cajón junto con el resto de correspondencia sin leer que ella le había enviado desde septiembre. Inmediatamente después de cerrar el cajón, sonó el teléfono. Nadie llamaba nunca a ese teléfono. Sólo tenía conexión con la embajada, y estos tenían órdenes directas de no telefonearle salvo en caso de emergencia. Descolgó y ruido y gemidos y rápido y no hay otra opción. Volvió al cajón de las cartas de su hermana y las sacó todas. Se sentó frente a la mesa, cargó el revólver y leyó una por una las balas.