sábado, 27 de diciembre de 2014

Sobre: Café, alcohol y espirituosas; Patarrealismo; veintidós años; Paraíso; críticas literarias basadas en lo pseudorandom, no saber qué responder a preguntas inoportunas y responder la verdad




Es una noche y unos chicos jóvenes que son mis amigos, los que se supone que están en Navidad, esa época en la que el Corte Inglés engaña a las familias de economía media -entiéndase: pobres pero no tan pobres- y los pingüinos satánicos de Cortilandia gobiernan con brazo de acero en Madrid, capital del pseudoreino Astur. Qué fácil es usar el prefijo "pseudo".

Empecemos de nuevo. Contaré la historia tal y como la inventé.

Salí a eso de las diez de la noche de casa en dirección al centro de Oviedo, esperando encontrar a mis amigos y, con suerte, a esas caras conocidas que sólo te entablan conversación si son las tres de la mañana enfrente de la Radio y nadie escucha el programa de jazz nocturno. Todo muy patarreal, como dirían lenguas que beben en Paraíso y escriben en el Mercado. Todo muy normal, más bien; todo muy real. Un crítico literario entra al grupo de amigos, salido de una amiga, o simplemente enamorado, y resulta ser pseudorandom. Vaya putada. Le dije la verdad, que no venía a cuento, que lo que en verdad es un hecho experimental y el creía teoría metafísica le ha engañado durante segundos (los segundos que intentó mantener una conversación políticamente real conmigo). Es así, lo real cuesta. Cuesta la buena música y lo correcto. Las ecuaciones. Cuesta no ser heurístico en el amor, esa cosa que mancha y duele.
Horas más tarde llegué a casa y escribí un poema. Pero publicar esas cosas está prohibitivo desde que por mentir te sientan en el banquillo. Yo juego el partido entero o rompo la baraja.