jueves, 18 de octubre de 2012

Divenire


Todo ocurrió un día de octubre,

te veía bailar con una media sonrisa
recorriendo
la frontera de tus labios,
con un vestido bonito,
como siempre que bailas,
como siempre que te miro.
Te veía
hecha de flores y de dunas,
de arena de jazmín,
de pétalos de alheña.

Te veía convertirte,
con cada paso que dabas,
en la estrella polar
que guiaría mis manos
en aquel mar de alcohol
y otras fragancias.
Entonces, se rompió la frontera
que ataba nuestras manos
a la espalda.
No sé si fuiste tú o yo,
o si fuimos los dos.
Se rompió porque debía ser rota,
o quizá
nunca debimos sobrepasarla.
Nos entrelazamos en miel y sudor,
hicimos del mañana una hoguera,
del hoy, único momento.
A la mañana siguiente
nos habíamos convertido
en otra tú y otro yo,


devenir de tu pelo
y tus hombros,
de la piel de tus senos,
devenir de tus labios
sobre mis labios
de tu cuerpo sobre mi cuerpo.

Todo ocurrió un martes de otoño,
donde nadie miraba,
donde no perdíamos nada.

lunes, 8 de octubre de 2012

Vértigo

Me mirabas a los ojos
desde el asiento de enfrente,
mientras la noche corría
tras la ventana.

Me mirabas a los ojos
desde el asiento de enfrente,
con los labios mudos
de palabras gastadas.

Me mirabas,
como quien mira
algo que quiere y no quiere,
como quien mira
el río bajo el puente.

Me mirabas,
con ese vértigo 
que se nos cuela
entre las manos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Notas de viaje



Escondí algunas flores
entre las páginas
                         
                         de aquel poema,

tras los roces de mi tinta

                          con tu piel.

Me preguntabas dónde
y yo
te reía los ojos y las pestañas
de tus palabras.

Nos cogió la lluvia
y perdimos el tren,

no el que iba a casa,

sino el que manchaba
de carmín transparente
tus labios y tus lágrimas.

martes, 2 de octubre de 2012

Era otoño

Nos olvidamos
por un momento,
escondido
en el anexo de nuestra existencia,
del significado
que aquella vida,
que se oculta
en otra patria ajena a mis palabras,
le dio a tu nombre.

Y nos mirábamos
con los ojos húmedos,
de esperanza
de treinta y cinco grados,

y aquel instante...

Acabó con las hojas
sobre la acera,
contigo sonriéndome
sobre los labios.