viernes, 24 de agosto de 2012

No dijimos



Me dolió la despedida, igual que a los amantes de aquella película de Truffaut, pero más me dolió todo lo que no nos dijimos. 
Estabas más linda que François Dorléac, con tus piernas de agua clara y tus ojos de café. Entonces te acercaste y...

- No te olvides de mí- (no) dijiste. 
- No lo haré- (no) te susurré mientras te miraba a los ojos.
- Eso no me vale- (no) hiciste una pausa para pasar tu mano de miel sobre mi cara-. Quiero que me pienses, no te olvides.
-No lo haré, de veras- (no) respiré hondo-. Se acaba el verano y los dos nos alejamos de este lugar.
- Sí.

(No) te abracé tanto tiempo como el que necesitábamos.

-Hasta que pase el otoño- (no) conseguí decirte.

Te alejaste andando por la calle, con tus pies de laurel. Ahora ha quedado un hueco vacío entre nuestras historias y he de buscar una canción para llenarlo cuando volvamos a vernos, cuando acabe el otoño.

martes, 21 de agosto de 2012

Sophie

Ciento nueve  kilómetros a casa. Sophie miraba por la ventanilla del autobús que avanzaba hacia el este, dejando el sol de poniente a sus espaldas. No desviaba la mirada de la carretera. La luz de los últimos días de agosto señalaba el camino de regreso a la rutina. "Poco falta" parecían decir las sombras, "poco falta para el fin del verano". 
Pensó en él, como una mañana limpia de primavera. Lo imaginó a cientos de kilómetros de allí, viajando también, como ella, a la ciudad. Sophie suspiró. 
El autobús recorría la costa parando en numerosos pueblos. El chófer frenó, se abrió la puerta y un grupo de amigos subió al vehículo. Eran adolescentes y, a juzgar por las vestimentas, venían de alguna playa cercana. Dos de las chicas ocuparon los asientos 33 y 34. Desde su posición, Sophie se fijó en sus pies. Una de las muchachas tenía las uñas pintadas de azul y arena entre los dedos. Eran unos pies bonitos. Sophie suspiró de nuevo y volvió la vista a la carretera. 

Un faro iluminaba ya el mar, aunque no había anochecido aún y, de pronto, se oyó una explosión. El pinchazo no había ocurrido a gran velocidad y por suerte no hubo complicaciones, el autobús paró en el arcén. Hubo varias quejas en la cabina cuando el conductor anunció que las asistencias tardarían en llegar una hora. "Ahora él llegará antes que yo a casa" se dijo a sí misma, "da igual lo rápido que vayas,  nunca se sabe qué te podrá retener en un punto del viaje".
Observó los veleros que volvían al puerto de alguna villa costera. No sabía dónde se encontraban, tampoco le importaba. Un joven se ofreció a tocar una canción para hacer más amena la espera. Nadie en el autobús se opuso y cuando sacó la guitarra de la funda todo el mundo se animó. 
Mientras algunos coreaban una conocida canción de folk americano, Sophie contó cuánto tardaba la luz del faro en completar un ciclo: seis latidos. ¿Cuántos latidos habría contado él? Quizá cuatro, tenía un corazón grande. Le pareció que la vida pasaba más deprisa cuanto más latía el corazón. A su ritmo, la suya acabaría siendo un sprint desenfrenado sobre una carretera de nostalgia. Suspiró. Cuando las asistencias llegaron, ya se había marchado el sol. 


A la llegada a la ciudad, Sophie suspiró una última vez. Antes de bajar se acercó a la chica de los pies bonitos.
- Tienes suerte de tener unos pies de verano y de mar- dijo.
-¿Perdón?- preguntó, desconcertada, la joven.
- Nada.
Sophie se bajó del autobús con la mochila a la espalda.


viernes, 10 de agosto de 2012

Edward Hudson

Edward Hudson nunca se había sentido así. La sangre empapaba ya el cuello de la camisa.

 Las noches que pasaba en vela sentía que cada párrafo, cada letra que escribía, era una fotografía de aquella mujer. Lo que Edward intuía era que detrás de todas esas palabras se escondía la verdad, única e inevitable. Eso le aterraba. 

Esa noche no escribió una sola línea. Se durmió sobre un charco de sangre, como duermen los que aman sin saberlo.


jueves, 9 de agosto de 2012

No éramos nosotros



Esta noche no llevabas vestido, eran mariposas bebiendo de tu piel y olor a verano. Yo conducía hacia algún lugar lejos de la ciudad, tú mirabas por la ventanilla con los labios encendidos. Pero no era yo el que conducía. No éramos nosotros.
Pensaba en una ciudad, donde nadie nos conociera, donde no nos conociéramos y así tener la oportunidad de encontrarnos por primera vez. Lo pensé mientras contaba los lunares de tus brazos y sonaban los Creedence. Quiero saber tantas cosas de ti que no encuentro la ecuación con la que predecir qué pasará si te pregunto, si consumo el tiempo que me queda en esta ciudad para llevarte a ver el mar.

Esta noche no llevarás vestido bajo mis sábanas, yo espantaré las mariposas y libaré de tu cuello. Pero no seremos tú y yo, no; sólo será una canción que aún no te he escrito, las mariposas.

miércoles, 8 de agosto de 2012

"Gracias por su visita"



Soñé mientras sonaba aquella canción en mi cabeza. Tú tan sumisa, con tu vestido azul, yo tan desarmado, con una servilleta y un bolígrafo. Nunca había empezado un poema con un "Gracias por su visita", para todo, amor, hay una primera vez. Tú bostezabas mientras yo te dibujaba. Cada gesto, cada palabra, una nueva imagen sobre el lienzo. Yo soñaba. Soñaba que bailábamos en una casa que no era la tuya, descalzos, sobre una alfombra descolorida. Me pisabas y el contacto con tus pies era, sencillamente, un preludio al sexo. Pero no teníamos prisa, porque nos gustaba bailar, lo hacíamos maravillosamente. Era un vinilo rayado de Wes Montgomery el que sonaba, aquella canción parecía no tener fin. Entonces algo pasó, el tocadiscos dejó de funcionar, te alejaste de mí y me miraste. Desperté mirándote a los ojos, al otro lado de la mesa. La luz tenue del bar hacía que se derramaran sombras desde tus hombros hasta tu escote, como frágiles líneas de deseo fluyendo al mar. Una nueva imagen, la música volvió a sonar y te acercaste a mi pecho. Seguimos desplazándonos por el salón al ritmo de la canción. Un fino hilo de sudor limpio te caía por el cuello y se perdía en el vestido. En cualquier momento una voz gritaría "¡Corten!" y alguien te alejaría de mí. Pero no fue así, sino que se me acabó la servilleta. Antes de darle la vuelta para seguir escribiendo, te miré. Reías con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, un poco ladeada, como una hermosa actriz de los años 60. No sé cómo sucedió, bailando se deslizaron los tirantes azules por tus hombros y me besaste, de una manera propia y dulce, como nadie besó jamás a nadie. Todo acabó allí, la música, el beso. Te alejaste de mí y tu piel se volvió rígida, tu vientre se convirtió en madera y tu pelo en cuerdas, recuperé la cordura. Desperté y me guardé la servilleta en el bolsillo.